Evangelios
Mateo
- 1
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús.
- 2
Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
- 3
Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos
- 4
diciendo: «He pecado entregando sangre inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
- 5
Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó.
- 6
Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre».
- 7
Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros.
- 8
Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre».
- 9
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel,
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y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
- 11
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices».
- 12
Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada.
- 13
Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
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Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.
- 15
Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera.
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Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás.
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Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
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Pues sabía que se lo habían entregado por envidia.
- 19
Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
- 20
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
- 21
El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás».
- 22
Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Sea crucificado».
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Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Sea crucificado!».
- 24
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
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Todo el pueblo contestó: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
- 26
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
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Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte:
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lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura
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y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!».
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Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza.
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Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
- 32
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
- 33
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),
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le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.
- 35
Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes
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y luego se sentaron a custodiarlo.
- 37
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
- 38
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
- 39
Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza,
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decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
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Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
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«A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos.
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Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».
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De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
- 45
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra.
- 46
A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
- 47
Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías».
- 48
Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
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Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
- 50
Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
- 51
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron,
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las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
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y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
- 54
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
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Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo;
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entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
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Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús.
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Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran.
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José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia,
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lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
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María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
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A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato
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y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días resucitaré”.
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Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
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Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
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Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.