Libros proféticos
Daniel
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Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín,
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casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
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Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés.
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Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
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Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo: «En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
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Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
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A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido.
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Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
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Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
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Ambos estaban locos de pasión por ella, pero no se comunicaron su pena el uno al otro,
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pues les daba vergüenza manifestar su deseo, ya que deseaban unirse a ella.
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Cada día acechaban ansiosamente para verla.
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Se dijeron el uno al otro: «Vámonos a casa, que es hora de comer»; y, saliendo, se separaron.
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Pero, dando media vuelta, volvieron al mismo sitio; se preguntaron uno a otro el motivo y se confesaron su deseo. Entonces, ambos de acuerdo, planearon el momento oportuno en el que pudieran encontrarla sola.
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Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor.
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No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
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Susana dijo a las criadas: —Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño.
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Ellas hicieron lo que les dijo, cerraron la puerta del jardín y salieron por una puerta lateral a traer lo que se les había ordenado, y no vieron a los ancianos porque estaban escondidos.
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Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella
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y le dijeron: —Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros.
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Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas.
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Susana lanzó un gemido y dijo: —No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos.
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Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor.
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Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella.
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Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
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Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado.
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Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
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Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana.
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En presencia del pueblo ordenaron: —Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín. Fueron a buscarla,
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y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
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Susana era muy delicada y muy hermosa.
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Aquellos impíos le ordenaron quitarse el velo, pues iba cubierta con velo, para saciarse de su belleza.
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Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
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Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
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Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
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Los ancianos declararon: —Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas.
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Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
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Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos.
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Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
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En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven,
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pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello. Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
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Susana dijo gritando: —Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda,
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tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí.
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Y el Señor escuchó su voz.
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Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel;
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y este dio una gran voz: —Yo soy inocente de la sangre de esta.
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Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron: —¿Qué es lo que estás diciendo?
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Él, plantado en medio de ellos, les contestó: —Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel?
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Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella.
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La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron: —Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad.
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Daniel les dijo: —Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar.
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Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo: —¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados,
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cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: «No matarás al inocente ni al justo».
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Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados. Él contestó: —Debajo de una acacia.
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Respondió Daniel: —Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio.
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Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo: —¡Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón.
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Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad.
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Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados? Él contestó: —Debajo de una encina.
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Replicó Daniel: —Tu calumnia también se vuelve contra ti. El ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros.
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Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él.
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Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo.
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Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente.
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Jelcías y su mujer alabaron a Dios por su hija Susana, junto con su marido Joaquín y todos sus parientes, porque no se había encontrado nada vergonzoso en ella.
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Daniel gozó de gran prestigio ante el pueblo desde aquel día y en lo sucesivo.