Libros sapienciales y poéticos
Job
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Job continuó así su discurso:
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«¡Si pudiera revivir el pasado, cuando Dios velaba sobre mí,
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cuando su lámpara brillaba por encima de mi cabeza, y a su luz cruzaba las tinieblas!
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¡Aquellos días de mi otoño, cuando Dios era un íntimo en mi tienda,
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cuando el Todopoderoso estaba conmigo y me veía rodeado de mis hijos!
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Cuando lavaba mis pies en leche, y la roca me daba ríos de aceite.
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Cuando salía a la puerta de la ciudad y tomaba asiento en la plaza,
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los jóvenes, al verme, se escondían, los ancianos se ponían de pie;
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los jefes dejaban de hablar, tapándose la boca con la mano;
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enmudecía la voz de los notables, se les pegaba la lengua al paladar.
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La gente que me oía me felicitaba, quien lo veía luego lo confirmaba:
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pues yo libraba al pobre suplicante, al huérfano carente de defensor;
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recibía la bendición del moribundo, aliviaba el corazón de la viuda.
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La justicia era mi vestido, me arropaba lo mismo que un manto, y el derecho me servía de turbante.
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Yo era ojos para el ciego, yo fui pies para los cojos;
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yo era padre de los pobres, abogado de extranjeros.
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Rompía los colmillos del malvado y arrancaba la pieza de sus dientes.
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Pensaba: “Moriré en mi nido, prolongaré mis días como el Fénix,
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con mis raíces a la vera del agua y el rocío nocturno en mi ramaje;
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mi prestigio irá progresando y mi arco afianzado en mi mano”.
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La gente me escuchaba expectante, callada, esperando mi consejo;
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nada añadían a mi intervención, tenían mis palabras por rocío;
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me esperaban como a lluvia temprana, boquiabiertos al agua de primavera.
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Les sonreía y apenas lo creían, los animaba la luz de mi rostro.
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Les mostraba el camino y me ponía al frente; lo mismo que un rey al mando de sus tropas, yo los guiaba y se dejaban conducir.