Libros históricos
Ester
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Cuando Mardoqueo tuvo noticia de lo que pasaba, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco, se cubrió de ceniza y recorrió la ciudad gimiendo amargamente y clamaba a voz en cuello: «Quieren eliminar a un pueblo que no ha faltado en nada».
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Se detuvo ante la puerta del palacio real, pues nadie podía cruzarla vestido de saco.
- 3
En todas las provincias, cuando fue conocido el decreto real, hubo gran duelo entre los judíos, con ayuno, llanto y lamentos. Muchos de ellos se acostaron sobre saco y ceniza.
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Las esclavas y los eunucos de Ester fueron a decírselo. Ella quedó consternada y envió ropa a Mardoqueo para que abandonara el saco y se vistiera; pero él no quiso.
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Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos reales que estaban a su servicio, y le ordenó que preguntase a Mardoqueo cuál era la razón de semejante proceder.
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Hatac encontró a Mardoqueo en la plaza situada frente a la puerta de palacio
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y Mardoqueo le contó lo que le había sucedido y cómo Amán había prometido entregar al tesoro real una suma de dinero por la destrucción de los judíos.
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Le dio una copia del decreto de exterminio promulgado en Susa, para que se lo mostrara a Ester y la pusiera al tanto de la situación, con el ruego de que ella se presentara ante el rey para pedir clemencia en favor de su pueblo y le dijera: «Recuerda cuando eras pequeña: cómo te alimentaba con mi mano. Ya que Amán, el segundo en el reino, ha pedido nuestra muerte, invoca tú al Señor, habla al rey en favor nuestro y líbranos de la muerte».
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Hatac comunicó a Ester la respuesta de Mardoqueo,
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y ella lo envió de nuevo con este mensaje:
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«Todos los cortesanos del rey y la gente de las provincias saben que, por decreto real, cualquier persona, hombre o mujer, que se presente ante el rey en el patio interior sin haber sido llamada merece la muerte, a menos que el rey, extendiendo su cetro de oro hacia ella, le perdone la vida. Y hace ya treinta días que el rey no me llama a su presencia».
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Cuando Mardoqueo recibió el mensaje de Ester,
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pidió que le dijeran: «No pienses que, por estar en el palacio real, vas a ser la única que se salve entre todos los judíos.
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Si ahora te obstinas en callar, el auxilio y la liberación vendrán a los judíos de otra parte, mientras que tú y tu familia pereceréis. Incluso es muy posible que hayas llegado a ser reina para una ocasión como esta».
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Ester mandó que respondieran a Mardoqueo:
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«Reúne a todos los judíos que habitan en Susa y ayunad por mí. No comáis ni bebáis durante tres días y tres noches. También yo y mis doncellas ayunaremos. Después, aunque la ley lo prohíbe, me presentaré ante el rey. Y, si he de morir, moriré».
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Mardoqueo se fue y cumplió lo que Ester le había indicado.